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Ataque de los conquenses contra Alfonso VIII

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Ataque de los conquenses contra Alfonso VIII

Mensaje  Bezudo el Dom Jul 25, 2010 3:43 pm

Francisco Piñas Amor publicó este artículo en la prensa sobre la heróica acometida de los conquenses:


Reflexiones sobre el 27-07-1177

Conquenses, ¡matad a Alfonso VIII! Miércoles, 27 de julio de 1177

El Día de Cuenca. 24-ENERO-2010. CUENCA

ANALES TOLEDANOS PRIMEROS. “1177.- Murió el Conde D. Nuño en el mes de Junio.
Era MCCXV.
“ 1177.- Mataron à Don Godiel, é á D. Alfonso, su hermano, los Moros, e fue grand arrancada sobre los Christianos dia de Mercores IV. dias antes de Agosto.(1) Era MCCXV.
“ 1177.- Escureció el sol Era MCCXV.
“(1) En aquel año 1177, fue Miercoles. el 27 de Julio, en que faltan quatro dias enteros para Agosto.” Comienzo por el último dato:

“Escureció el sol”
Podremos averiguar por Internet que, efectivamente, el 16 de abril de 1177 hubo en Cuenca un eclipse parcial de sol, por lo que, conociendo que a dicho fenómeno corresponde Luna en su fase de nueva, podemos calcular que en la noche del 27 de julio, que es la que nos interesa, faltaba un día para la Luna llena, y de ahí el que dicho astro dominara el cielo desde la misma puesta del sol hasta el amanecer; por ello la represento esplendorosa.


Y precisamente este claro de luna es el que necesitamos para dar vida al núcleo de este trabajo, que resumo y sintetizo en las ya citadas siete palabras: “e fue grand arrancada sobre los Christianos”.
Ahora, si para completar la escena, ponemos unas cuantas nubecitas, vendrán de maravilla para ocultar la Luna y conseguir la oscuridad casi absoluta en los momentos de mayor peligro en la infiltración al campamento enemigo pues, en el enfrentamiento del cuerpo a cuerpo por sorpresa, lo primordial es ver sin ser vistos. Este supuesto de poner unas nubecitas es pedir demasiado para la puesta en escena de nuestro relato y debemos conformarnos con lo que era cierto: una Luna a la que le faltaba un día para ser llena.


No puedo relatar esta incursión ni mejor ni con más autoridad que lo hace J. A. Almonacid Clavería. Nos dice:


“ … ya en los postrimeros días del mes de julio, los sitiados de al-Madinat Kunka, desconcertados al no recibir ayuda directa de los almohades, fiando todo a sus propios recursos y, desesperados, sorprenden al campamento cristiano, atacando directamente el real, con la presumible intención de eliminar al propio Alfonso VIII, librarse del dogal que les asfixiaba. Y aunque arrollados en principio, los castellanos se rehacen y rechazan a los atacantes, a pesar de las numerosas bajas sufridas entre los principales de Alfonso; pereciendo, entre otros, su valido y protector, el conde Nuño Pérez de Lara, don Godiel y su hermano Alfonso.”
……
“Don Nuño moriría después a causa de las heridas recibidas en combate.”

Al comando de asalto al real de Alfonso VIII lo mueve la lógica de Caifás:
“Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.”
De conseguir cercenar la vida del artífice, líder, sostén y aglutinador del cerco a Cuenca éste se desmoronará sin tardanza.


Si los que estamos en Cuenca conocemos el terreno que pisamos, podemos presuponer la trayectoria de la “grand arrancada sobre los Christianos” y así, situados en la Cuenca amurallada del siglo XII que ellos conocían palmo a palmo, imaginar cómo transcurrió.


Para dar fuerza al relato de la salida de los cercados aprovechando la noche, me hubiera gustado dar al lector, de permitirlo la extensión de este artículo, trascripción completa de una salida de los musulmanes del cerco de Jerusalén (1099), casi un siglo antes de nuestro, con su texto antiguo del que solo dejó las siguientes palabras: “… facía luna clara, é …. cabalgó toda la noche…”: y otra salida nocturna, medio siglo después en Burriana (1233), también sitiada por los cristianos; si bien, necesariamente, eran distintos los objetivos y métodos empleados.

Nocturnidad
Si el Real estaba situado en lo que era el cerro de los Moralejos, como propongo en mi trabajo “El Real del rey Alfonso VIII durante el sitio de 1177” publicado por “El Día de Cuenca” de 25-1-2006, la salida de los sitiados requería, para no ser vistos ni oídos, utilizar, por ejemplo, un ángulo oscuro de una torre y su lienzo de muralla en un lugar cercano a lo que es la actual Puerta de Valencia (piénsese con detenimiento otras posibilidades) para infiltrarse encaramándose por los Tiradores hacia el Cerro Molina, progresar hacia el noroeste tras el extenso campamento cristiano y subir al Cerro de los Moralejos por el Oeste (por la espalda), buscando el corazón del Real en donde, en el lugar más protegido, descansaría en su primer sueño el jovencísimo Alfonso VIII.


Por lo tanto la salida precisaba de varias horas nocturnas para moverse en terreno enemigo sin otra luz que la de la Luna, escoger el lugar más apropiado y definitivo para, tras una acción impetuosa y fulminante, arrasando todo lo que se interpusiese, llegar por sorpresa hasta el mismo Rey. La acción precisaba líderes familiarizados con el terreno, por lo tanto conquenses, y guerreros excepcionales que sabían que era una empresa desesperada y suicida.


Para corroborar mi insistencia en la nocturnidad basta imaginar lo insensato que sería el que esta histórica acción se hubiera llevado a cabo en pleno día; hubiera sido meterse en un auténtico avispero y fracasar de antemano, pues el extenso campamento en que se asentaba el ejército cristiano, rodeaba la tienda del rey y su séquito. En el ejército acampado despierto todos sus componentes ven y oyen, por lo que al menor atisbo de incursión enemiga saltaría inmediatamente la voz de alarma provocando la acción inmediata, decisiva y violenta de una multitud de combatientes profesionales que tienen a mano armas y caballos.


Sigo el relato y, para terminar, cito otra vez a J. A. Almonacid, que matiza:


“La muerte del conde Nuño Pérez de Lara, en su relación con la conquista de Cuenca, no creo haberla visto expresada fehacientemente en ninguna historia o trabajo sobre el particular más que como mera referencia a los Annales.”


Y puntualiza:


“La diferencia existente entre el mes de junio de los Toledanos y el 28 de julio de los Compostelanos queda definitivamente aclarada recurriendo a los diplomas confirmados por don Nuño durante el cerco de Cuenca, puesto que los refrenda sucesivamente todos, hasta al datado el 18.07 (Doc. 283), y es el último por mí conocido el que Ileva fecha de 23 de julio de 1177 (Doc.285); a partir de esta data, la firma del conde desaparece definitivamente en los privilegios de la época. Por tanto, doy como auténtica y real la fecha del 28 de julio de 1177 como la de su muerte, es decir. tres días enteros antes del mes de agosto de 1177.”
Para cerrar no puedo evitar una reflexión:


Me resulta curioso pensar que siendo esta salida de los conquenses cercados un hecho histórico, meritorio y heroico por ser una acción en la que trataron de salvar su hogar aun sabiendo que exponían su vida, me resulta curioso, repito, que el considerarlo como un hecho memorable para la ciudad parezca algo así como “no conveniente”, como si la verdad, esta verdad de intentar matar a Alfonso VIII, debiera sobreseerse.

Reconocimiento al enemigo
Alfonso VIII, como combatiente, reconocería los méritos del enemigo en las escaramuzas de buena lid y, como el cerco fue iniciado por él, admitiría el valor, nobleza (estamos en la Edad Media con generaciones y generaciones de enfrentamientos) y entrega de aquellos hombres que sucumbieron ante su tienda en un intento suicida de salvar Cuenca.


Entiendo que hay dos motivos para “borrar” de nuestra historia a estos héroes:
Primero porque inexplicablemente no nos sentimos entroncados a lo que precedió, en casi cuatro siglos, al asedio de 1177, ignorando así toda la inteligente infraestructura y vida de una fortaleza que tuvo crucial valor cuando le tocó ser frontera, y segundo, porque en la escala de valores, el arrasar y eliminar al enemigo ha perdido su rango de primera necesidad. Ahora estamos instalados en el convencimiento cierto de que aquello era una salvajada que hay que evitar a toda costa.


De los que fueron mitad monjes y mitad soldados de las Órdenes Militares que contribuyeron decisivamente a liberar la Península echando a mandobles a los que a mandobles la habían avasallado, nos hemos pasando al bien inestimable de un estado sin guerras que condena toda violencia.
No hay más remedio que aplicar la verdad de que cada cosa en su momento para no emitir juicios equivocados. Ello no obstante, o precisamente por eso, no nos podemos librar de la otra verdad: admitir que el comando que dio su vida por Cuenca no tiene por qué ser motivo de vergüenza sino de todo lo contrario, ser mencionado en lo que le honra.
Cuando trato de estos tiempos, de nuestra Cuenca en la Alta Edad Media, con varios siglos de existencia a la espalda, y me planteo el olvido en que sigue estando lo que fue tronco y raíz de lo que ahora somos , surge en mi memoria el hecho de que precisamente “aquella época oscura” dio a luz el máximo exponente del arte conquense.


Permitidme que demos espacio a las palabras de Francisco Javier Ocaña Eiroa:
“La eboraria románica es deudora de la gran tradición cordobesa de la España musulmana de entonces. No es, pues, de extrañar que uno de los mejores talleres del siglo XI radicara en el territorio musulmán de Cuenca, que encarnaba la herencia de las técnicas del califato del siglo X, que logró obras de gran perfección, a la que estaban acostumbrados sus depositarios árabes, ofreciéndolas en muchos casos como apreciado regalo a los monarcas hispanos, u objeto de botín en sus conquistas.
“Es en ese taller conquense donde se realiza la Arqueta con los restos de Santo Domingo de Silos ejecutada por Muhammad ibn Zayyan en el año1026, que después fue reformada hacia los años 1140-1150 para arqueta en la que ubicar los restos del santo, añadiéndole en esmalte la efigie del titular del monasterio flanqueada por dos ángeles. Pertenece al mismo taller el Relicario de San Antolín en la catedral de Palencia, que es reutilizada del mismo modo que la arqueta anterior en torno a los años 1049-1150. Asimismo es una pieza de extraordinario valor la Arqueta de Leyre que acogió los restos de las santas Alodia y Nunilo.”
Momplet, en “El arte hispanomusulmán”, dice:


“El obrador de Cuenca se mantuvo activo, según las informaciones proporcionadas por las propias piezas conservadas, desde 1026 a 1050, impulsado por dos maestros sucesivos, probablemente pertenecientes a la misma familia: Muhammad Ibn Zayyan y Abd al-Rahman Ibn Zayyan.”
También por Internet vemos la arqueta andalusí de la catedral de Palencia, ahora en el Museo de Arqueología de Madrid, con la inscripción de Zayyan, taller de Cuenca; la “Caja de Cuenca”, en marfil, del Museo del Louvre y el bote cilíndrico de la catedral de Narbona, también con la inscripción de que está hecho en Cuenca.


Insistiendo sobre del desasimiento que tenemos de aquel entonces, consulto el último callejero de Cuenca que ha llegado a mis manos, busco la calle dedicada a la incuestionable firma Zayyan, o de los acreditados maestros en eboraria Muhammad Ibn Zayyan o Abd al-Rahman Ibn Zayyan, y no los encuentro.
Creo entender que el no incluirlos en el callejero no puede ser por ignorancia pues en nuestra propaganda y periódicos de todos los tiempos han aireado esta escuela de talla en marfil de modo suficiente, pero sí el que haya un tanto de abandono porque conforme la mora Zaida sí figura en nuestro callejero, lo mismo pudiera ocurrir con Zayyan el musulmán.


Cuenca parece querer borrar de sí misma el pasado juvenil, inteligente y dinámico que le corresponde, es algo raro, como si no se enterase o no tuviera conciencia de que a la ciudad, que ahora es, le falta algo tan esencial como es el transcurso histórico (más de una cuarta parte de su existencia) a través del cual, de la nada llegó a ser una ciudad realmente hermosa, Patrimonio de la Humanidad extendida precisamente en lo que comprendía aquella fortaleza inexpugnable.

Recuerdo
Por otro lado, aparte de la pereza en estudiar y comprometerse con lo árabe de nuestra ciudad, existe la dificultad de que hay que incorporar a nuestra historia los nombres de los grandes líderes o artistas musulmanes y, para ello, lo primero que hay que hacer es verterlos al castellano como se ha resuelto, por ejemplo, con Almanzor, uno de los más usados en los callejeros de algunas ciudades españolas, en los que no figura su nombre verdadero, que era Abi Amir Muhammad.
Soy de los que creen que la historia de Cuenca, la verdadera historia de vida, obras y acontecimientos, está por hacer (la leyenda no es historia), y si ha de estar jalonada de mujeres y hombres que han dejado su impronta en el tejido histórico, bien venidos sean, pero siempre que el nombre de Cuenca esté en sus obras como lo está en las de Zayyan.


Perdone el lector que de un simple recuerdo de un hecho conocido me haya alargado en unas reflexiones que ahora no me atrevo a borrar.
No he puesto en las citas de este trabajo los engorrosos datos de obras, fechas y editoriales a que se refieren, porque puede accederse a ellos perfectamente por internet.
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